Rabo de lagartija

Autor: CAMILO JOSÉ CELA CONDE
 
Entre los muchos misterios que existen en el mundo de los seres vivos, el de los rabos de las lagartijas me llaman en especial la atención desde que era niño. Si un cazador persigue al reptil, éste sacrifica su rabo que, amputado ya, se sigue moviendo como si lo animase el mismo diablo. Que la selección natural haya fijado algo así es, ya digo, sorprendente. Pero si, encima, la lagartija consigue que le crezca un rabo nuevo, entonces la admiración deja paso casi a la magia.
Darwin se fascinó también con la regeneración que algunos animales como son ciertos peces logran respecto de un apéndice perdido. En febrero de 1863, cuatro años después de la publicación de su libro canónico sobre la selección natural, escribió a J. J. Brigs interesándose por el artículo que había publicado éste acerca de las aletas de los peces regeneradas tras una amputación. Quería saber Darwin de qué peces se trataba, qué aletas eran las que reaparecían y si, al hacerlo, eran tan perfectas como antes; en especial, si las espinas también se regeneraban.

Siglo y medio después, continuamos asombrándonos de esa capacidad de recuperar miembros perdidos. Volviendo a la lagartija -y no sólo a su rabo-, se creía hasta ahora que el mecanismo de regeneración lo constituía un puñado de células indiscriminadas, blastemas, que un poco al estilo de las células madre y salvando todas las distancias a salvar eran capaces de dar paso a los nuevos tejidos. Martin Klag, del Max Planck Institute of Molecular Cell Biology and Genetics (Alemania) y sus colaboradores han averiguado que no es así. La regeneración de una extremidad amputada de la lagartija no la llevan a cabo blastemas multifuncionales sino agrupaciones de células propias de cada tejido en particular, con capacidad de reconstrucción limitada a su propio rango. Las células de la piel producen piel, las de la carne, carne y las del hueso, hueso, que diría una traducción bíblica del episodio. Pero con un apunte final que habría maravillado aún más a Darwin, porque hace referencia a alguna de sus dudas: la extremidad regenerada es tan funcional como la desaparecida. Cuesto poco dejar que la imaginación vuele suspirando por el paso adelante que se le ocurre a cualquiera: si las lagartijas lo logran, ¿por qué no los humanos?

Quizá porque no nos conviene. Cuando Voltaire presenció la regeneración más asombrosa que existe, la de la cabeza de la hidra, además de dudar de la condición de animal de las hydrozoas se planteó lo que supondría algo así en un ser humano y, en concreto, qué nos habría de suceder con el alma al recuperar la cabeza. Cualquiera sabe pero, por una vez, estaría bien reprimir el sarcasmo a que remite de forma inmediata la lectura del diario de hoy o de cualquier otro día. En especial la reflexión acerca de cuántos de los hombres públicos mejorarían convertidos, de pronto, en una hidra capaz de deshacerse de la cabeza. Es obvio que saldríamos ganando todos con sólo el intento.

Esta entrada fue publicada en Medicina Regenerativa. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s